sábado, 10 de septiembre de 2011

Haiku-Dô, el arte de captar el instante eterno




Vivir el aquí y el ahora; estar presente en cada acto, en cada gesto; volver al origen de las cosas y buscar el vacío para llenarse del Universo entero. Tales consignas inspiraron a los japoneses en su anhelo por desvelar los misterios del cosmos y de su propio ser. El Zen pretende llegar a una experiencia mental que se conoce como satori, un estado de conciencia en el que no se necesitan los conceptos para definir la realidad, pues, ayudados por la intuición, ésta se contempla personalmente. Se trata de una experiencia directa de lo real: «La preparación de nuestra mente para esa conciencia (satori) constituye la principal finalidad de todas las escuelas de misticismo orientales, y en muchos aspectos, en la propia forma de vida oriental… En la dicha meta». Según Daisetz T. Suzuki, esta idea «es el fundamento no sólo de la filosofía del pueblo japonés, sino que a su vez es lo que el budismo zen ha aportado para el cultivo de la sensibilidad artística… Es aquí donde se establece la relación entre el zen y la concepción japonesa del arte… Cuando un arte presenta dichos misterios de una forma realmente profunda y creativa, y remueve hasta lo más hondo de nuestro ser, se transforma en obra divina».
Experimentar el satori era la meta más elevada para un artista, ya que el zen supo imprimir en todas las artes la idea del dô, del «camino», para llegar a esa experiencia. Un verdadero artista era considerado como tal cuando a través de su obra se podía percibir un destello de lo eterno en el mundo de los cambios continuos, pues implicaba que había penetrado con su visión en el misterio. Como dice Alan Watts: «Muy próximo a la sensibilidad zen se hallaba el estilo pictórico caligráfico que se practica con tinta negra sobre papel o seda y que generalmente combina la pintura con un poema» … el haiku.

El haiku es la forma más breve de escribir poesía que se puede encontrar en la literatura universal. Son breves sentencias y frases zen escritas en lenguaje poético-simbólico, que reflejan perfectamente el carácter nipón: intuitivo, reflexivo, objetivo, sereno, de pocas palabras pero de profundo contenido, ya que sólo ellos pueden captar en 17 sílabas -métrica del haiku- un elevado sentimiento humano cargado de belleza, de fuerza y de espíritu. «Es la forma poética más natural y más apropiada, y la más vital también, para que el genio japonés dé libre curso a sus impulsos artísticos; por esta razón, quizás, hace falta tener una mente japonesa para apreciar plenamente el valor del haiku». La duración de un haiku es la de un suspiro, pues es más importante el sentimiento que las palabras, en especial si alcanza su grado máximo; en tal caso, palabras y descripciones sobran.

SÓLO CON SER
YA ESTOY AQUÍ,
BAJO LA NEVADA

El verdadero valor y la genialidad del poeta residen en su habilidad para expresar lo inefable, para ayudarnos a ver más allá de las formas, para mostrarnos la inmutabilidad en el reino de los cambios, para conmover nuestro corazón y transformar algo en nosotros: nuestra visión de la realidad, nuestra manera de mirar el mundo.

Un haiku transmite lo que realmente es, sin complicaciones ni rebuscadas descripciones; de ahí su brevedad y su magia: «El silencio lo es todo, y viene automático, natural…» Pretende volver a la sencillez de las cosas, encontrar su sentido e interpretar su lenguaje; el poeta va descubriendo que hasta lo más simple y elemental tiene un profundo significado dentro del conjunto, tiene una historia que contar, y por ello va penetrando poco a poco en su propia idiosincrasia hasta que ésta le es revelada.

LA LEY DE BUDA,
BRILLANDO
EN EL ROCÍO DE UNA HOJA

Este estilo poético no trabaja con ideas ni se afana en describir un objeto o un ser, sino que «sugiere, entre líneas, mucho más de lo que expresa». Nos evoca imágenes, símbolos que captamos a través de la intuición; invita a participar, en vez de dejarnos mudos de admiración y que el poeta se luzca. No intenta tampoco cambiar el mundo; busca ponernos en contacto con él, nos lleva de la mano a contemplarlo. Se sirve de las palabras, pero su intención es trascenderlas e ir más allá. Utiliza un instante concreto de tiempo y narra los ciclos de la naturaleza, sus procesos y manifestaciones, su causa, su ser.

Si logramos hacer el vacío de que nos habla el zen, si conseguimos parar nuestra mente y dar el gran salto de lo dual a lo uno, de lo que se expresa a lo que realmente es, podemos llegar a vislumbrar lo que el poeta vivió en ese momento. Si disfrutamos con plenitud toda la belleza que se esconde en su interior, entenderemos por qué el escritor no es sino un instrumento.

                                                                                              CAE UN PÉTALO
DE LA FLOR DEL CEREZO;
SILENCIO EN LA MONTAÑA.

Alcanzar la maestría en el arte del haiku no es tarea fácil. Significa una larga y paciente maduración interior para hacer que de un solo trazo y sin ninguna corrección, la mano ejecute con una técnica altamente depurada las percepciones del espíritu. Es un largo proceso del despertar de los sentidos internos, aquellos que nos unen con el Universo. Es una perfecta armonía entre cuerpo, mente y espíritu, ya que el haiku debe encerrar en sí mismo una sensación, un estado de ánimo, una imagen, un despertar de la conciencia y una vivencia.

QUÉ AGRADABLE Y PURA
EL AGUA DE LA MONTAÑA
PARA EL PEREGRINO VESPERTINO.

Tanta espontaneidad, tanta poesía desbordada emerge gracias al impulso de tres grandes religiones que confluyeron en Japón.La actitud contemplativa y la búsqueda de la armonía con el orden natural fueron estimuladas por el taoísmo. La unión de la ética con la estética, de lo simple con lo metafísico, devino del confucianismo. Tratar de liberarnos de todo tipo de límites y ataduras racionales fue la aportación del budismo. Por lo tanto, el haiku es una vía espiritual, un dô, un camino de perfección. Es contemplación, liberación, comprensión, identificación y unificación con la Naturaleza y con nosotros mismos.

Resumiendo podríamos decir que estos poemas son la bella manifestación de una experiencia, la simplicidad escrita en versos. El artista -extasiado por una sensación de entusiasmo que le transporta a un instante inmóvil- deja atrás sus creencias y prejuicios personales para ser canal de luz y plasmar aquello que su alma percibe intuitivamente, lo comprenda o no la razón, porque va más allá de lo intelectual, más allá de las definiciones. En pocas palabras, es la experiencia del satori, es zen.

Expresar nuestros sentimientos, mostrarnos tal cual somos, abrazar la Naturaleza y vivir con plenitud cada segundo, son emociones que buscan salir de nuestra cárcel interior. Mucha gente encuentra en el haiku una manera de mirar nuestro tiempo, tan material y tecnológico, de un modo más sencillo, más espiritual.


Fernando Celli


KALARIPAYAT, ARTES MARCIALES EN LA INDIA




La luz del atardecer se consumía por occidente dibujando sutilmente el contorno de las montañas, mientras las primeras estrellas comenzaban a brillar tímidamente en el cielo y el silencio se inundaba con el canto de los pájaros nocturnos. En un improvisado escenario, sobre la terraza del restaurante del hotel, los empleados comenzaron a encender antorchas para iluminar el espectáculo de aquella noche: una demostración de Artes Marciales.

Eran los primeros días de 2004, en una pequeña localidad de la provincia de Kerala, al sudeste de la India, junto a la frontera de Tamil Nadu. La noche era fría y me acerqué al calor de una enorme fogata que ardía en el centro de la terraza. Mientras esperaba con expectación a que aparecieran los miembros de la familia que iba a mostrarnos este misterioso arte marcial desconocido para mí, irrumpió en mi mente una pregunta: «¿No son éstas las tierras donde nació hace quince siglos Bodhidharma, el 28º patriarca del Budismo, que introdujo el Zen (Chan) y las Artes Marciales en China, en el monasterio de Shaolín?»

Mis ojos se posaron sobre la llama de una de las antorchas, y, un tanto ensimismado, dejé que los recuerdos fluyeran. Bodhidarma (Daruna), en el siglo VI, proveniente de una familia kshatrya hindú, viajó a China para implantar una adaptación del Budismo Mahayana que se conoce como Chan (Zen cuando llegó posteriormente a Japón). Cuenta la historia que Bodhidharma enseñó en Shaolín artes marciales que traía de su tierra natal (¿Kerala?) para que los monjes pudieran soportar la férrea disciplina de la meditación, pues entendía que el desarrollo físico y mental tenían que ir parejos. Aunque parezca contradictoria esta mezcla, las enseñanzas originales del Budismo hacen hincapié en el Sendero del Medio, en el control de los opuestos, en la importancia tanto de la fuerza como del amor en la creación activa de un mundo ideal. La expresión más acabada y reciente de esta armonía de los opuestos la encontramos en el Budo japonés, cuyas prácticas son a la vez una vía trascendente y un código ético de conducta, la unificación de cuerpo y mente y la liberación de los mismos. De hecho, en Extremo Oriente es bien conocida la relación entre las Artes Marciales y las disciplinas mentales y espirituales, formando métodos para el desarrollo integral del individuo. A fin de cuentas, el verdadero combate es interior: consiste en descubrir y eliminar nuestros conflictos, limitaciones, carencias, defectos y contradicciones. La vía de las Artes Marciales, a través de su ritualización, transformó esta lucha interior en una fuerza creativa y constructiva del ser humano y de la vida social.

Mientras navegaba en estos pensamientos la actuación dio comienzo. Entre las antorchas, que hacían brillar su moreno torso desnudo, apareció uno de los protagonistas para presentar la exhibición. Se trataba, dijo, del arte marcial llamado Kalaripayat (Kalari: práctica, payat: campo de batalla), cuya práctica tenía evidencias históricas confirmadas que se remontaban, como mínimo, al siglo IX. Según él, este arte sufrió una declinación después del siglo XVI, y con la colonización inglesa -al final del siglo XVII- fue prohibido por la ley, por lo que el Kalaripayat se practicó desde entonces clandestinamente a través de la transmisión secreta de algunos maestros en clanes familiares. Añadió que en la actualidad estaba resurgiendo en los Kalari Sanghams (lugares donde se practica). En su caso seguía una tradición familiar: a él, a su hermana y a su cuñada, que le acompañaban en la demostración, les había enseñado su padre, pues ciertas técnicas sólo se enseñan en estos círculos.

Y por fin comenzó la exhibición. Como en todas las artes, abrieron las prácticas con los rituales de inicio. Con gestos y movimientos, consagraron el espacio y realizaron los saludos rituales entre ellos, a las armas -no me había dando cuenta que en el suelo, en la penumbra había diez o doce tipos de armas- y a los antepasados de la familia. Al acabar, entre los tres realizaron una serie de formas (kata en japonés) en las que desarrollaron las principales técnicas, de las que cabe destacar la enorme elasticidad de los practicantes, ya que el Kalaripayat desarrolla movimientos de contorsión del tronco y de estiramiento de las piernas muy pronunciados. Lo cierto es que, salvo esta peculiaridad, si cambiáramos la indumentaria propia de este arte y la fisonomía de sus practicantes, se hubiera podido confundir con el Kung-Fu o el Taewondo, viniendo a evidenciar sus probables ancestros comunes.

Al acabar las formas, prosiguieron las explicaciones. Fue entonces cuando tomé conciencia del cambio que se producía en el semblante del comentarista. Cuando realizaba las demostraciones, su rostro desprendía hieratismo y marcialidad, y sin embargo, cuando se dirigía al público, irradiaba serenidad y amabilidad con sus gestos y su contagiosa sonrisa. Dijo que realizan un trabajo muy exhaustivo para flexibilizar los músculos, los tendones y las articulaciones, ya que el Kalaripayat tiene numerosos saltos y patadas muy altos -por ejemplo, una técnica de bloqueo muy particular donde el ataque con puño es desviado por una patada-. Nombró después (es imposible para mí recordarlos) las principales técnicas de proyección, inmovilización, paradas, golpes y posturas, así como los dos principios fundamentales del Kalaripayat: el espíritu manda al cuerpo y el adversario es vencido haciendo retornar contra él su propia fuerza. El objetivo final de la práctica, continuó, era para ellos el entrenamiento armonioso del cuerpo y de la mente, bajo la dirección del espíritu, e incluso una disciplina de educación social y religiosa.

Según nos contó, los antiguos Maestros de la India, que vivían en total armonía con la Naturaleza, estudiaron y observaron los movimientos de numerosos animales y fenómenos naturales, que tomaron como modelo para sus posiciones y movimientos. Como muestra comenzó a realizar una forma (sudavu en hindú y kata en japonés) que imitaba a la perfección los movimientos de la serpiente: parada y acechante, acercándose sinuosamente con majestuosa suavidad, atacando con fulminante rapidez; la serpiente humana recreó el arquetipo de manera asombrosa.


Le llegó el turno a los combates. Uno contra uno o dos contra uno, tanto en el plano técnico como en el táctico, su preocupación es la máxima eficacia, no dejando de abordar ningún ámbito: golpes de pies y de manos, proyecciones, luxaciones, etc., que acababan con alguno inmovilizado en el suelo o lanzado a las sombras, más allá de las antorchas... Y la estrella del Kalapayat, el Marma Adi o conjunto de técnicas dirigidas a los Marmas, puntos vitales o centros nerviosos, que unen los vasos sanguíneos, los ligamentos y circuitos nerviosos. Entrábamos ahora en una esfera del arte donde poco era lo que nos podía decir, anunció, ya que eran instrucciones secretas de cada maestro que sólo trasmitía en una etapa muy avanzada a sus mejores discípulos. Era la dimensión interna, con dos vertientes opuestas pero complementarias: una ofensiva y destructora, y otra regeneradora y curativa.

Después de unas pocas demostraciones de la ubicación de los principales puntos y de diversos ejercicios de trabajo respiratorio y energético, desplegó los amplios conocimientos terapéuticos y de yoga del practicante de Kalaripayat. Nos explicó que los más de cien puntos vitales están localizados en una parte del cuerpo muy precisa y que el golpe marcial, para ser eficaz, debe darse de manera muy particular. Estos golpes pueden producir un violento dolor, una parálisis temporal, una pérdida de conocimiento o incluso la muerte. Para contrarrestarlos, los practicantes son instruidos en ciertas técnicas de respiración para no sentir el dolor, técnicas que en otros ámbitos, en los grados más altos, permiten incluso alcanzar ciertos estados de éxtasis.

En la vertiente terapéutica -por su tono de voz parecía que le era especialmente querida- nos habló del Kalari Chikilsa, sistema médico basado en el Ayurveda, que está especializado en el tratamiento de desórdenes ortopédicos y problemas neuromusculares mediante la manipulación y utilización de masajes, y sobre todo, en el tratamiento de los desórdenes de los órganos internos y del sistema nervioso a través de la especializada manipulación de los 107 marmas o puntos vitales, con aplicación en ciertos casos de aceites especiales. Todo ello me recordó enseguida la acupuntura china, el shiatsu japonés, el tai-chi y los chi-kung. Ciertas técnicas de respiración, continuó diciendo, practicadas con constancia, retrasan el envejecimiento, y él mismo dijo conocer maestros del Kalaripayat de más de setenta años con una vitalidad asombrosa, y con una fuerza y una resistencia al combate sorprendente.

He de reconocer que mis expectativas -puesto que esta exhibición ni siquiera estaba en el programa- estaban superadas. Sin decir una palabra más, comenzó un apabullante despliegue de combates con armas: espada y escudo, palos de madera, lanza contra espada, espadas diversas, sable, dagas, etc. transportándome al recuerdo de otras épocas, con el sonido agudo del entrechocar de los metales. Y precisamente de otras épocas habló al acabar la práctica, haciendo esfuerzos por controlar la respiración por el reciente esfuerzo. Dijo que en la sociedad medieval del Kerala del siglo XII no había ningún pueblo sin Kalari (dojo hindú donde se practica el Kalaripayat) y que eran parte esencial de la educación de los jóvenes, del entrenamiento de los guerreros y del sistema sociopolítico de la Kerala medieval. Finalmente añadió que en la actualidad se conservaban las prácticas con armas como medio para el desarrollo de cualidades físicas y psíquicas: la atención, la velocidad, la armonía, el valor, la destreza, la templanza, etc., pero que no tenían ningún fin bélico.

Para acabar cogió un arma extrañísima, el urimi -un tipo de espada-látigo hecha de tres cintas metálicas de unos tres centímetros de ancho y tres metros de largo-, con el que comenzó a realizar círculos a su alrededor y en todas direcciones, cambiándolo de mano. La velocidad fue en aumento paulatinamente hasta que fue imposible ver el arma, sólo se escuchaba un zumbido aterrador y saltaban chispas con el contacto de la punta en el suelo. El silencio que quedó al concluir esta última demostración parecía no acabar, los espectadores estábamos aún sobrecogidos en las sillas y un tanto inclinados hacia atrás por temor a que se equivocara en el cálculo de las distancias. Finalmente prorrumpimos en aplausos, mientras los tres practicantes nos saludaban agradecidos y con muecas de satisfacción.



Antonio Marí

KARATE SHOTOKAN










"El objetivo final del Karate no radica en ganar o perder, sino en la perfección del carácter».
 Gichin Funakoshi




El Shotokan es uno de los estilos de Karatedô más difundidos por todo el mundo, y fue creado en la isla de Okinawa (sur de Japón) por Gichin Funakoshi (1868-1957). Las primeras influencias que condujeran al nacimiento de las artes marciales de Okinawa penetraron en Japón a finales del siglo VI y principios del VII, en pleno florecimiento del Wushu chino (palabra que designa las artes marciales en general). Se sabe de una expedición proveniente de China (607?), a partir de la cual se iniciaron intercambios culturales y comerciales con Okinawa. Los historiadores más audaces aventuran que en esta época podrían haber llegado monjes del mítico monasterio de Shaolin, al que imprimió fama inmortal el sabio hindú Bodhidharma, 28º patriarca de budismo. Alrededor del año 527, Bodhidharma había introducido en China el Dhyana, sistema de meditación propio de la India, al que se denominó Cha´n y luego Zen en Japón. Además transmitió algún sistema marcial propio de los kchatryias (casta de los guerreros) indos, posiblemente el Vajramukti.

En el siglo XII fueron exiliados a Okinawa, provenientes de la isla mayor de Japón, los samuráis del derrotado clan Minamoto, quienes difundieron en la isla las tradiciones de combate de estos míticos guerreros. A finales del siglo XIV se abrieron totalmente las relaciones con el país vecino. China envió, a modo de obsequio, para establecerse en Okinawa, un gran número de comerciantes, eruditos, artesanos, médicos, sacerdotes, educadores y maestros en Wu-Shu y Taichi. Estos últimos influyeron en el desarrollo del arte marcial okinawense, que se denominaba Tode, «mano china».



Durante los siguientes trescientos años los nipones prohibieron varias veces el uso de las armas a los okinawenses, e incluso se intentó erradicar la práctica del Tode, que comenzó a llamarse simplemente Te, «mano», y se practicó en la clandestinidad. En tres ciudades -Shuri, Naha y Tomari- se desarrolló con fuerza y con características propias este arte. Surgen así el Shuri-te, Naha-te y Tomari-te, precursores directos de las actuales líneas de Karatedô, como la escuela Shorin (del Shuri-te) y la escuela Shorei (del Naha-te). La escuela de la ciudad de Shuri (la escuela Shorin) evolucionó hasta convertirse hoy en día en los estilos Shotokan, Shito Ryu y sus derivados. Por otro lado, provenientes de Naha (la escuela Shorei) con una acusada influencia del templo chino Shaolin y el de la ciudad de Fukien, fue transformándose en las modalidades Goju Ryu, Uechi Ryu y las que surgieron de ellas.



En 1891 la prohibición que pesaba sobre las artes marciales en Okinawa había quedado obsoleta y fue retirada. Pronto se incorporó a los programas de educación física en las escuelas de Okinawa, re-nombrándose como Kárate («Mano Vacía») para distinguirlo del Tode, un arte originario de China.


Gichin Funakoshi, fundador del Shotokan, unió las líneas seguidas por sus dos maestros: Itosu (Shorin, más propio de Okinawa) y Azato (Shorei, de raíz más china).En los años veinte Funakoshi comenzó a difundir el Kárate en la isla grande de Japón, en Kyoto y en Tokio, logrando el reconocimiento y aceptación de las más importantes autoridades del Budô de aquel entonces, como el maestro Jigoro Kano, fundador del Judô. Hay que destacar la importante difusión que adquirió el Kárate, sobre todo en las universidades. Del contacto con Jigoro Kano, Funakoshi adquirió la indumentaria del Judô -el traje blanco- para el Kárate, añadiendo más tarde el sistema de grados representado por los cintos de colores.


En 1933 se cambió el ideograma kara, que hasta ese momento significaba «China» (dinastía Tang, 618-907), por el de kara que significó «vacío». También se agregó al final el ideograma como «vía espiritual», quedando por fin la palabra completa: Karatedô. Dô es el mismo carácter que se pronuncia como Tao (o Dao) en chino mandarín. Tao, para la filosofía taoísta, es la unidad de la que emanan el yin-yang, y es también la vía, el camino… El nuevo término reconocía el Kárate de Okinawa como un arte marcial japonés perteneciente al Budô, al igual que el Judô, el Iaidô o el Kendô. En Okinawa, el nuevo significado de Karatedô (Camino de la Mano Vacía) fue reconocido oficialmente tres años después (1936) en una famosa reunión de los maestros Chotoku Kyan, Kentsu Yabu, Chomo Anashiro y Chojun Miyagi, en la ciudad de Naha.


Yoshitaka Funakoshi (1906-1945), tercer hijo de Gichin Funakoshi, en contraste con el padre, que daba mayor importancia a los kata, incorporó el kumite (combate). Primero desarrolló Gohon kumite (combate a cinco pasos), donde el atacante realiza cinco ataques seguidos avanzando, mientras el que defiende los bloqueos retrocede, aplicando un contraataque en la última defensa. Después desarrolló el Kihon Ippon kumite (combate a una técnica), el Jiu Ippon kumite (igual que el anterior pero con movimiento), y por último el Jiu kumite (combate libre), establecido en 1935. Yoshitaka también incluyó nuevas técnicas de pierna: Mawashi Geri, Yoko Geri Kekomi, Yoko Geri Keage, Fumikomi, Ura Mawashi Geri y Ushiro Geri.


En enero de 1939, el sensei Gichin Funakoshi inauguró el dojo más grande del mundo, con un letrero en la entrada que decía Shotokan (la casa del Shoto). El dojo «Shotokan» estaba situado en Zoshigaya, Tokio y fue destruido por bombarderos norteamericanos el 29 de abril de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial. Shoto era el seudónimo que utilizaba el maestro cuando era joven y significaba «Olas el emblema oficial de Shotokan; se listo para la acción y la serenidad pacífica de la mente. Concluido el conflicto bélico y tras la reconstrucción del Hombu Dojo, varios de los alumnos de sensei Funakoshi regresaron para formar la Nipón Karate Kyokai (NKK, Japan Karate Association) que se dedicó a unificar los dojos y las universidades con el consentimiento de Funakoshi. En 1956, algunos alumnos tradicionalistas de Funakoshi constituyeron la asociación Shotokai (camino al Shoto). El 26 de Abril de 1957 murió el sensei Gichin Funakoshi.



En 1949 se fundó la Asociación Japonesa de Kárate (JKA), que celebró los primeros campeonatos de Japón en 1957. Esta práctica deportiva se extendió a Occidente durante la década de 1950. La organización All Japan Karate-do (FAJKO), constituida en 1964, se dedicó a organizar torneos mundiales multi-estilo en 1970. Las mujeres participaron por primera vez en unas competiciones del mundo en 1980.

LAS "VEINTE REGLAS DE ORO" DE SENSEI GICHIN FUNAKOSHI


1. El Kárate empieza y termina con Rei (saludo).
2. No utilizar el Kárate sin motivo.
3. Practicar el Kárate con sentimiento de justicia.
4. Antes de conocer a los demás, hay que conocerse a sí mismo.
5. De la técnica nace la intuición.
6. No dejes vagabundear tu espíritu.
7. El fracaso nace de la negligencia.
8. El Kárate sólo se practica en el dojo.
9. La práctica del Kárate es de por vida.
10. Tratar los problemas con espíritu de Kárate.
11. El Kárate es como el agua hirviendo.
12. No alimentéis la idea de vencer, pero tampoco la de ser vencidos.
13. Adaptad vuestra actitud en función de vuestro contrincante.
14. El secreto del combate reside en el arte de dirigirlo.
15. Que las manos y los pies golpeen como un sable.
16. Al franquear el umbral de vuestra casa, diez mil enemigos os esperan.
17. Kamae es la regla para el principiante. Después, es posible adoptar una guardia espontánea.
18. Los Katas deben realizarse correctamente. En el combate real, sus movimientos se adaptan a las circunstancias.
19. Tres factores a considerar: la fuerza, la envergadura y el grado técnico.
20. Profundizad en vuestro pensamiento.





Antonio Marí
Cinturón Negro 3º Dan de Kárate Shotokan y Entrenador Regional